No pude correr, no me atreví. No sé cómo es que llegué a la parada del autobús... en algún lugar entre Tlalpan y Pacífico me tranquilicé un poco y sentí un cansancio pesado en el pecho, tanta adrenalina me estaba pasando la cuenta. Dormitaba sentada junto a una mujer y yo juraría que sabía qué me pasaba. Juraría que todos los que me vieron, sabían qué acababa de suceder. Sentí mucha vergüenza y aún no logro encontrar por qué... después me asaltó la felicidad y ahora tengo una estúpida sonrisa en todo el cuerpo. Me sonríen las piernas y el vientre, los ojos y las manos, me sonríe el estómago, la boca y la espalda.
Sigo sintiendo vértigo... pero ahora ya tengo en dónde caerme y casi no puedo esperar para perder el equilibrio, estrellarme contra su pecho y simplemente reposar, reposar mientras su mano cuenta mis vértebras despacio.
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