martes, 12 de abril de 2011

Relato de un inicio

Nunca había sentido eso. Sólo quise correr a donde fuera. Fue como si no cupiera en mi cuerpo y tuviera que salir de alguna forma. Mi impulso natural fue gritar pero eso no es socialmente aceptable (jajaja) así es que me tape la boca y la cara con una mano, mientras abría y cerraba la otra intentando que la sangre fluyera más rápido hacia mi corazón. Caminé muy rápido sin ver a la gente, sin mirar por dónde pisaba, hasta llegar afuera. Al cruzar el zaguán me sentí como si hubiera salido de un baño de vapor, fresca, casi fría. Sus palabras rebotaban en mi cráneo sin cesar y mi estómago se asemejaba a la ventanita de una lavadora, todo daba vueltas entre espuma y colores.

No pude correr, no me atreví. No sé cómo es que llegué a la parada del autobús... en algún lugar entre Tlalpan y Pacífico me tranquilicé un poco y sentí un cansancio pesado en el pecho, tanta adrenalina me estaba pasando la cuenta. Dormitaba sentada junto a una mujer y yo juraría que sabía qué me pasaba. Juraría que todos los que me vieron, sabían qué acababa de suceder. Sentí mucha vergüenza y aún no logro encontrar por qué... después me asaltó la felicidad y ahora tengo una estúpida sonrisa en todo el cuerpo. Me sonríen las piernas y el vientre, los ojos y las manos, me sonríe el estómago, la boca y la espalda.

Sigo sintiendo vértigo... pero ahora ya tengo en dónde caerme y casi no puedo esperar para perder el equilibrio, estrellarme contra su pecho y simplemente reposar, reposar mientras su mano cuenta mis vértebras despacio.

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